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El canto de Cecelino.
Eso que se escucha es Cecelino cantando. Siempre se pone alegre cuando llega el correo, y entonces el hombre taciturno que corta tendones y acomoda huesos se vuelve un lírico impensado que nos lleva del escalofrío a la alegría. Yo sospecho que hay una mujer. Pero el doctor Cecelino no larga prenda, y la seriedad de sus vendajes hace que desista de mis preguntas. Digo que se trata de una mujer porque el canto casi siempre es alegre. Una sola vez la voz se le enturbió, y la imperfección de las notas hizo pensar en un luto distinto al de la guerra. Tal vez un padre o un hermano. La abuela o la madre. Se lo escucha de lejos, eso sí. Cecelino no es de ponerse contento cuando trabaja, y su privacidad es de él, no la comparte. Pero por suerte la música se escapa, y aunque sea con retraso las melodías nos disipan el dolor y las vergüenzas. Porque si hablo tanto del doctor Cecelino y sus canciones es para no pensar en la pierna que me falta. La pierna engangrenada que le da la mano, en estos momentos, a otras piernas engangrenadas por la batalla: sangre con sangre, y gas mostaza como telón de fondo. Si no cantara, el doctor Cecelino me sería insoportable y odioso, como son odiosos todos los carniceros. Sé que mi lisiadura es éxito de su sierra; también sé que había que sacrificar la pierna para no sacrificarme, cosa que hubiera significado una certeza de orfandad para mis pobres hijos. Por eso me pongo feliz cuando escucho sus notas. Y cuando mis compañeros de habitación y de desgracia se quejan “por ese cretino y su balido insoportable” (así dicen ellos) yo me echo a reír como un condenado, mientras pienso en mi carne hundiéndose en el lodo y en Cecelino, taciturno y certero, incapaz de sonreír cuando trabaja, aunque después entone, en medio de la guerra, una canción de amor destinada a una sombra.
fuente: http://www.elpimentero.blogspot.com/
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